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23 de enero de 1958

«El triunfo de la democracia», «únión cívico militar». Las lecturas sobre el 23 de enero de 1958 son múltiples y, muchas veces equivocadas. Tanto los partidos de la democracia representativa, como el gobierno del chavismo «participativo» han tergiversado la caída de la última dictadura venezolana del siglo XX


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La expresión del título es un apunte del historiador Elías Pino Iturrieta ante las imprecisiones en la lectura histórica sobre la fecha en que la última dictadura venezolana del siglo XX cayó. “Se trató de un movimiento esencialmente militar».

El profesor enumera los eventos que ocurrieron, todos marcados por las botas y charreteras. «Primero, la expulsión de Venezuela de Laureano Vallenilla y de Pedro Estrada, quienes fueron echados del país por una presión de la cúpula militar. Allí se vio una primera fractura. Y luego, el golpe del 1° de enero del 58 liderado por Hugo Trejo que a pesar de fracasar también puso al descubierto las presiones palaciegas, las facciones que se disputan el control incluso bombardeándose entre ellos”.

El juicio del historiador no es gratuito y tiene que ver con el propio tipo de gobierno que se había instaurado en la década de los 50. “Era un gobierno de las fuerzas armadas y así se proclamaba”, apunta su colega Luis Alberto Buttó al resaltar los porqués de los descontentos dentro de los cuarteles.

“Uno de los problemas fundamentales de los gobiernos militares en Latinoamérica es la sucesión. Cuando el liderazgo debe ser sustituido se presentan fracturas dentro de esa facción militar gobernante, y los gobiernos terminan desmoronándose. Eso ocurrió el 23 de enero”, dice el académico.

Explica que la permanencia de Marcos Pérez Jiménez en el poder estaba más allá de lo que se había establecido, tocaba un cambio generacional hacia un nuevo liderazgo y no se produjo. Entonces hubo ruptura y necesidad, para la facción insurgente, de deponer al general”.

Pedro Benítez, profesor de Historia Económica y Pensamiento Político de la UCV y de la Unimet, hace el paralelismo con otros regímenes de América Latina donde siempre ha habido un factor constante: “la legitimidad del mando superior final, quién es el comandante en jefe, cómo se designa. Es la tradición militar. La democracia resuelve ese problema con elecciones, pero en el orden militar no siempre hay cómo resolverlo».

Ilustra al recordar que «en Brasil se turnaban los militares en el poder, en Argentina varias juntas sustituyeron a otras, en Chile hubo un solo jefe hasta que se quebró, y en Venezuela Pérez Jiménez violó las reglas de sucesión que él mismo se había dado”, cuando convocó un plebiscito en diciembre de 1957 para extender su mandato por cinco años. Suma, como factor originario, que “el poder militar siempre termina siendo muy inestable”.

El rector de la Universidad Católica Andrés Bello, José Virtuoso, refiere que lo ocurrido hace 60 años fue la respuesta a un régimen que “se fue haciendo más personalista, controlador e interventor y eso llegó a molestar a generales y al Alto Mando Militar. El gobierno se fue haciendo castrador incluso con los mismos militares”.

El también doctor en Historia apunta que “a veces podemos entender que el 23 de enero fue una suerte de rebelión social contra la dictadura y en realidad fue un movimiento de descontento militar luego secundado por lo civil”.

Pino Iturrieta admite que hubo algunas manifestaciones públicas “que ocurrieron en cascada, llegaron cosas como el documento de intelectuales para proclamar una huelga general, pero eso fueron cinco o seis días de dar la cara. No hay evidencias de una reacción masiva de la sociedad. Entonces hay que mirar al cuartel, donde ya habían echado a dos figuras prominentes y habían intentado un golpe de Estado. Eso del bravo pueblo que echó a una militarada no tiene sentido”.

La rebelión civil

La narrativa histórica venezolana insiste en que se trató de una fecha cívico militar. Y comienza por una rareza: la carta pastoral del obispo de Caracas Rafael Arias Blanco de mayo de 1957. Un documento que el monseñor escribió y leyó durante una homilía y que luego se replicó en varias iglesias a lo largo del país. Allí hablaba de la situación precaria de la clase trabajadora, entre otras cuestiones.

Pero fue una iniciativa particular, con algunos otros curas y ningún obispo, según refiere Pino Iturrieta. “Nos echamos en brazos del Monseñor para meter a toda la cúpula de la Iglesia cuando, en contraste con la de hoy, ella fue cómplice silenciosa y no silenciosa de la dictadura. Pero de pronto Arias abre un boquete porque de donde menos se espera salta la liebre, y eso trajo movimientos parroquiales importantes, cosas underground”. En noviembre de 1957, de hecho, hubo sacerdotes que hicieron sonar las campanas de sus parroquias cuando ocurrió la huelga general.

Luego vino la intentona golpista de Trejo a comienzos del año 58 y la huelga de la prensa del 21 de enero, que se sumaron a acciones de la Junta Patriótica, conformada en junio de 1957 por liderazgos jóvenes de los partidos políticos cuyos principales dirigentes estaban en el exilio.

En la agencia oficial AVN se publicó en 2018 un encomio a esa organización. Al respecto Pino Iturrieta apunta que se trató de una creación ocurrida “en las postrimerías del régimen” cuando los partidos políticos se ponen de acuerdo. Pero la califica como algo que fue más simbólico que otra cosa. “Sembró un anhelo. Trató de decirles a los venezolanos cómo un tiempo podía terminar y empezar otro. Hasta entonces los venezolanos no habían hecho nada, y siguieron sin hacer nada. Se echaron sentimentalmente en el regazo de la Junta Patriótica”.

El también Individuo de la Academia Nacional de la Historia resalta que “nos orgullecemos de una obra que no existió. Hubo resistencia, cierto, pero no pasó del centenar, una mínima fracción de la sociedad”.

Entonces, recuerda que “inventamos que nuestros padres y abuelos fueron todos resistentes, y son puras mentiras. La resistencia fue un centenar de venezolanos heroicos y nadie más”, cuestiona el modelo propagado por relatos como la telenovela Estefanía.

Margarita López Maya no es tan tajante. A su juicio, sí hubo una articulación de lo civil y lo militar. Recuerda la pastoral, sí, pero también el trabajo en clandestinidad de los comunistas y hasta los reclamos universitarios, por ejemplo en la UCAB donde unos graduandos –impulsados por Copei, explica Pino Iturrieta– se negaron a recibir los títulos si el rector Pedro Pablo Barnola, que había sido confinado a Barquisimeto por la Seguridad Nacional, no acudía a entregárselos.

“Se impulsaba una situación de ingobernabilidad, de turbulencia, desde la sociedad que hacía presión sobre el sector militar”, señala la también doctora en Ciencias Sociales.

Además, apunta que que la dictadura cae, no necesariamente que la tumban, pues «hay que tomar en cuenta que Pérez Jiménez decide irse. Había erosiones de todas partes pero él decidió irse». Pino Iturrieta concluye que, en general, “fuimos poco héroes y todo fue llevado en medio de una soledad gigantesca”.

Una historia interesada

Se habla de la rebelión de derrocó a la tiranía. Con la democracia ya instaurada como sistema de gobierno, se decretó al 23 de enero como Día Nacional de la Democracia. Cada año, actos oficiales se suceden para honrar la fecha, y siempre se resalta la acción civil de un derrocamiento que se completó sin eventos sangrientos.

“La democracia ha hecho un gran esfuerzo por mostrar la fuerza de la sociedad acompañando a los militares. No es un mito pero sí un énfasis que se puso para apoyar la visión civil. Los hechos están y se enfatiza un poco porque tiene uno interés en eso. Recordemos que había una resistencia civil de los tres partidos, no con demasiada fuerza pero estaban allí”, dice Margarita López Maya.

Virtuoso cree que lo que se ha resaltado, aun en medio de una mitología, es “el espíritu del 23 de enero” como defensa de la democracia representativa que, cuando los militares buscaron recuperar el control, la sociedad y los partidos políticos forjaron una unidad y una cohesión en torno a la defensa de la civilidad y al regreso a la República democrática”.

Luis Alberto Buttó reitera que hubo un problema de sucesión en términos del liderazgo militar, “pero por supuesto el momento político posterior no podía montarse sobre esa narrativa y se construyó otra para justificar la democracia liberal representativa”.

La traición que no fue

Ahora, el chavismo ha dado otras vueltas. Primero, denostó de la fecha, pretendió sustituirla por la “verdadera rebelión cívico militar” del 4 de febrero de 1992. Luego, al no poder derrotar su efecto unificador, optó por conmemorarla, a pesar de las evidentes simpatías de Hugo Chávez por el dictador andino.

“Yo creo que el general Pérez Jiménez fue el mejor presidente que tuvo Venezuela en mucho tiempo (…) Lo odiaban porque era militar (…) Si no hubiese sido por el general Pérez Jiménez, ¿ustedes creen que tendríamos Fuerte Tiuna, la Academia, la Efofac, el Círculo Militar, Los Próceres, la autopista Caracas-La Guaira, los superbloques del 23 de enero, la autopista del Centro, el Teleférico, la Siderúrgica, Guri? (…) Después lo satanizaron: plomo contra Pérez Jiménez, plomo, el dictador, el tirano, etcétera”, dijo en enero de 2010.

Pero el discurso oficial fue el de “la rebelión ciudadana fue traicionada por las cúpulas”. Este mismo 2018, la agencia oficial AVN publica una nota sobre la Junta Patriótica, afirmando que mientras ella articulaba la insurrección “Betancourt, Caldera y Villalba pactaban con el magnate y miembro del partido Republicano, Nelson Rockefeller, quien los reunió para definir el esquema político venezolano favorable para las élites y la nación del norte”.

Margarita López Maya fija ese sesgo en la manera de leer el 23 de enero en la narrativa que nació con el triunfo de la revolución cubana y su impacto en la izquierda comunista venezolana. “Pero eso es más mito porque en ese momento se estaba construyendo un consenso alrededor del sistema democrático, y era mucho más importante eso que definir si era un régimen revolucionario o no. No hubo traición, eso es una lectura interesada”. Pero es la que impulsa la marcha que en 2018 reeditará el chavismo en Caracas para festejar al pueblo rebelde y condenar las cúpulas traidoras.

Los aprendizajes

Se conmemora el 23 de enero 62 años más tarde, en medio de la peor situación socioeconómica del país en su historia contemporánea, con hiperinflación ya galopante, devaluación imparable, epidemias, desnutrición y un gobierno autocrático que ha logrado vulnerar todos los sistemas de control democrático para instaurarse en gobierno-partido-Estado único.

Ante eso, el 23 de enero si bien no sirve de ejemplo de rebelión popular, sí deja enseñanzas. Por ejemplo, lo que ocurrió después cuando el estamento civilista y democrático logró mantener a raya el militarismo y consolidar la alternabilidad de poder y las instituciones republicanas. «El peor camino es pensar que tenemos que hacerlo todo como antes. Las claves de hoy nos enfrentan a situación sin comparación», dice Elías Pino Iturrieta.

Y a pesar de que el «bravo pueblo» puede ser un mito, no quiere decir que sea una sociedad solamente agazapada o cobarde. «Es una sociedad más perpleja. No sabemos el camino. Estamos frente a un rompecabezas, y soldar las piezas es sumamente complicado», añade el historiador.

El rector Virtuoso suma a la perplejidad el hecho de que «estamos también en situación de caos, donde hay desorientación. Entonces, todo es mucho más complejo que solo envalentonarse». Por eso, la recomendación es salir de la perplejidad, orientarse en el caos, encontrar soportes necesarios y lanzarse a conseguir los objetivos.

«Hoy el activimismo ciudadano no es solamente cuestión de coraje, de voluntad y de decisión, sino que supone unas capacidades humanas propias muy complejas», cierra Virtuoso.

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